ESPAÑA, MÁS ALLÁ DEL LLOBREGAT Y DEL LOZOYA. Por el General Rosety.

[Artículo publicado también en el periódico digital Actuall]

Es un honor presentar aquí la colaboración excepcional de Agustín Rosety Fernández de Castro, General de Infantería de Marina, y buen amigo. Nos manda este artículo sobre el independentismo (tercero consecutivo que publicamos en nuestro Diario de un Mosquetero, junto a los recientes Recemos por España y Mensaje a los bisbes catalans).

Agustín Rosety es muchas cosas… una eminencia en historia, un aguerrido militar… Y sobre todo un cristiano a carta cabal. Pero además, es un activista de las buenas causas. Alguien que no le importó, por ejemplo, participar hace un mes de la batalla de “El Puerto sin censura” para defender la libertad y a sus amigos ante los violentos. Un caballero que no dejó a sus amigos.

Como a todos nosotros, a él le duele España y lo que quieren hacer con ella unos cuantos chiquilicuatres. No os digo más. Os dejo con su deliciosa prosa y su acertado análisis. Dios y la patria se lo paguen.

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España, más allá del Llobregat y del Lozoya

Por Agustín Rosety Fernández de Castro

No hace mucho, una joven y querida amiga me confesó con perplejidad, más que preocupación: “No siento a España”.

Esto de “sentir” debe ser muy importante hoy en día, en que uno se siente tan catalán como español, sólo español, o bien hombre, mujer, perro o gato según dicten sus emociones, no la realidad o la verdad, que parece significar muy poco según esta peculiar y modernísima forma de entender la libertad.

Sé que esta buena amiga ve las cosas de otra manera, pero su confesión me preocupó porque, a buen seguro, ese estado de su ánimo que ella atribuía a su educación, sin duda lo deben padecer muchos otros jóvenes españoles, que alcanzan su mayoría de edad sin encontrarse identificados con la comunidad nacional a la que pertenecen, siendo como es es el correlato de su ciudadanía, de su libertad, de sus derechos civiles y de su bienestar social.

Paso a diario junto a un colegio y veo que, en efecto, allí los niños celebran fiestas como Halloween, el Carnaval y, por supuesto, el Día de Andalucía, mientras que el 12 de octubre, Fiesta Nacional de España, no merece igual despliegue de banderas, cánticos patrióticos y festejos de todo orden. Es evidente, por tanto, que mi amiga tiene razón. Tenemos un problema.

Contemplamos con horrorizada pesadumbre el deprimente espectáculo social y político que ofrece nuestra querida tierra catalana. A poco que lo pensemos, estamos recogiendo los frutos de aquel defectuoso Título VIII de la Constitución y de la alocada transferencia de competencias, algunas tan sensibles como la educación, a las Comunidades Autónomas.

Así los niños catalanes, ya que de Cataluña hablamos, han aprendido a interesarse por el Llobregat antes que por el Guadalquivir que es más grande; aunque sí por el Ebro, cuyas aguas quieren robarle a Cataluña los aragoneses. Porque, lo que es peor, España aparece en la Historia como un ente político lejano y extraño, cuando no hostil: ¡Volen ens aixafar! (¡Nos quieren aplastar!)

Siendo ello cierto, creo que el mal que padecemos no es la exaltación de lo local, particular o cuasi tribal, sino el déficit de España al que gobiernos y partidos han condenado al pueblo español como si fuese éste el precio que ha debido pagar por darse una Constitución democrática.

Cuarenta años más tarde (sí, cuarenta, como la dictadura, origen de todos los males) esta política sectaria ha secado las raíces del árbol nacional, un inmenso error que la Historia imputará a nuestra generación.

Los hombres de la generación del 98 se preguntaron doloridos por España al verla caer en el episodio postrero de su decadencia como potencia en ultramar.

Sus hermanos menores de la generación del 14 prescribieron Europa como remedio, sin reparar en que el continente padecería dos guerras generalizadas, en verdad un solo conflicto provocado por las ideologías totalitarias y los nacionalismos grandes y pequeños, que nuestros padres vivirían como guerra civil.

Nuestra generación, crítica con el franquismo, heredaría Europa como paradigma intelectual, debilitándose de esta manera la adhesión a España esa “Patria común e indivisible de los españoles” que invoca nuestra Carta Magna.

Para muchos, una noción rancia, letra muerta, puesto que, al amparo de un supuestamente preexistente “derecho a la autonomía” de “nacionalidades y regiones”, se abrió camino a una insensata descentralización del poder político, que tal vez nadie considerase preocupante, puesto que todos éramos ya “ciudadanos europeos”.

Pero la fiesta ha terminado. El proyecto europeo, después del Brexit, languidece y las naciones del continente se agarran a sus respectivas identidades.

Sólo siendo España podremos contribuir al proyecto europeo, y sólo siendo España podremos resolver nuestros problemas domésticos, como siempre hemos hecho en la piel de toro. Sólo siendo ellas mismas podrán juntas las naciones de Europa escapar al destino cruel al que, desde el exterior, se ve el continente abocado.

Basta leer el ensayo recientemente publicado por Robert Kaplan “El regreso de Marco Polo” en el que se asoma a un Mundo cuyos actores son las grandes sociedades de masas de otros continentes.

Cuando nuestros políticos se asustan ante el abismo hacia el que parecemos avanzar, se apresuran a proclamar que “España es una gran nación”. Gran verdad, aunque no lo “sientan”; porque España, en todo caso, es una de las naciones marítimas que han conformando al Mundo tal como es.

Pero es que España, como sociedad y como economía, es grande a escala continental: su destino es vital para Europa, tanto si lo alcanza como si fracasa al intentarlo. Y nada son las regiones, pretendidos “pueblos” de España. A escala continental o mundial, sólo serían los restos de un gran naufragio.

Sería necesario hacer “sentir” a nuestros escolares el patriotismo de un modo natural, eso sí, sin supremacismos de campanario, como hemos tenido que oír en la inauguración del curso escolar en Andalucía: “Los niños andaluces tenéis que ser los mejores, porque Andalucía tiene que ser la mejor”. La mejor ¿de qué? ¿De España, de Europa, tal vez del mundo mundial…? Yo me conformaría con que fuese tan buena como puede serlo y la Patria común merece.

Pero, por encima de tanto sentimiento, el sistema de educación tendría que hacer crecer intelectualmente a esos niños durante su educación para que ellos mismos sean capaces de percibir con racionalidad la realidad de su país, del continente y del mundo en el que viven, más allá del Llobregat o del Lozoya.

 

 

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