JUSTICIA PARA UN HOMBRE BUENO Y VALIENTE

El otro día me almorcé con una noticia realmente dichosa. De las que se saborean mucho tiempo y se recuerdan toda la vida: habían rehabilitado al juez Serrano. A mi admirado Paco Serrano. Realmente, salté de gozo. Se había hecho justicia por fin.

Sí. El Tribunal Constitucional anuló el jueves pasado la expulsión del juez Francisco Serrano de la carrera judicial. Fue perseguido por los grupos de presión LGBT tras una resolución sobre la custodia de un niño. El Tribunal Supremo lo condenó por prevaricación y lo echó de la carrera judicial, en una sentencia ahora revocada por el Tribunal Constitucional. El pasado mes de junio, en declaraciones a Actuall, el juez Serrano declaró: “El mío es el ‘caso Dreyfus’ del siglo XXI”. (Actuall)

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Le habían dicho de todo, machista, inquisidor, radical. Y le habían quitado lo que más le gustaba, practicar la judicatura, concretamente la familiar, de la que era uno de los mayores expertos.

A su lado, las críticas que puedo recibir yo por actuar lo más coherentemente posible a mis ideas, son irrisorias, son nada. Me avergüenzo quejarme de ellas. A él lo han vituperado públicamente sin posibilidad de defensa.

Pero yo sin embargo no tengo palabras para hablar bien del juez Serrano. ¿Un titán de la coherencia? ¿Un campeón de la resistencia? ¿Un líder de la actitud coherente? ¿Un disidente del pensamiento único? ¿Un ejemplo de valentía y congruencia de vida?

Cualquiera de ellas lo podría definir. Y yo he tenido el privilegio de poder conocerlo y gozar de su confianza. Estuvo en San Fernando a comienzos de verano, junto a su amigo el gran profesor Francisco Contreras, para analizar las últimas elecciones. Lo hizo con especial valentía y profundidad, contando su experiencia y llamando a las cosas por su nombre.

Pero es que además es un hombre bueno. Honrado. Justo. Se le ve a leguas. Se nota en el trato. Un caballero. Un amigo leal. Y una persona justa y que tiene la justicia en su cabeza y en su corazón. Y la sabe enseñar. No en vano ha dado charlas en el CGPJ y ha escrito obras de referencia en el derecho de familia.

El lobby feminista lo persiguió con saña. Lo denunciaron por “prevaricar”. Lo que hizo fue permitirle a un padre divorciado poder alargar un día la visita a su hijo para que saliera de nazareno en su procesión, en Sevilla. Ese fue todo su pecado. Algo que no le perdonó la Gestapo femi-nazi que nos vigila. 

Ahora no le pedirán perdón. Ni siquiera lo anunciarán en los principales medios de comunicación, como sí lo hicieron cuando lo denunciaron. Y cuando lo apartaron de la carrera judicial.

Como vale su peso en oro, cuando lo inhabilitaron fundó un bufete de abogados donde practica el derecho de familia y ayuda a las múltiples causas de denuncias falsas y atropellos a la legalidad que el feminismo imperante se encarga de incoar.

Y todo esto no faltando nunca a la verdad. Llamando a las cosas por su nombre y denunciando también los malos tratos de los hombres hacia las mujeres, que son muchos. Pero lo que no puede hacer es callar ante esa injusticia patente que es una ley que convierte a todos los hombres en delincuentes potenciales y sospechosos. Y que permite eso, denuncias falsas, condenas injustas, causas mal instruidas, etc.

Estos días España está de enhorabuena. Y no es porque ya tengamos gobierno. Que también (“Rajoy ha ganado debe gobernar”, decía Serrano). Es porque pocas sentencias del TC han sido más justas. Y más celebradas por los que nos consideramos políticamente incorrectos.

Ya solo falta que este mismo TC dicte también sentencia sobre la desgraciada ley de aborto libre de Zapatero-Rajoy, reconociendo su inconstitucionalidad, según su propia doctrina.

Enhorabuena, Don Francisco. Mi admirado Juez Serrano. Hoy España es más libre, gracias a ti, gracias a tu valentía y a todos estos años de calvario que solo tu familia sabrá hasta dónde los has padecido.

Hoy llega el momento de abrir la losa del sepulcro. La misión que nos espera es inmensa: liberar a nuestra sociedad de la ideología más aberrante que haya visto, la ideología de género. En definitiva, la cultura de la muerte, como decía Juan Pablo II. Pero esa será otra historia. Una historia, una guerra, en la que tú has librado y ganado una batalla decisiva.  

Pedro A. Mejías Rguez.

 

 

 

 

 

 

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