UN ÁNGEL EN LA PLAYA

Son las dos del mediodía del 15 de agosto. Estoy acabando una buena mañana de playa como a mí me gusta. Sin mucho calor y el viento aplacado.

Me pongo a contaros, valientes mosqueteros, el regalo que me hace la Virgen María en su Fiesta. Un detalle increíble. La presencia de un ángel que me llenó de amor, en la playa solitaria.

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Desde que llegamos veo junto a nosotros un matrimonio (supongo) maduro, junto a un señor ya también mayor, con síndrome de Down.

Están tranquilos. Ella toma el sol y lee. Su esposo está sentado y también lee. El señor con síndrome de Down observa el mar y permanece muy tranquilo. La marea sube con parsimonia. Está nublado. No hay mucha gente. Se está ideal en esta playa natural de Camposoto, en San Fernando, Cádiz.

Los niños juegan. Escucho música tranquila. Y escucho también el mar.

Paseantes por la playa. Mi esposa descansa tumbada junto a mi. Mis hijos juegan en la orilla. El mar, apenas sin olas, me habla de reposo y quietud. Me habla de la inmensidad y de paz.

Y vuelvo a fijarme en estos vecinos de playa que tengo junto a mi. Ya recogen y se disponen a marchar.

Observo como el hombre síndrome de Down recoge con total autonomía su mochila y espera paciente a su… ¿hermana? que también recoje las sillas y toallas. Él prestga atención a todo.

El marido ya inicia la marcha hacia el camino de madera que lleva a salir de la arena.

Ella continúa delicadamente, con un rostro amoroso y lleno de paz las labores normales antes de salir. Sacude las toallas y la silla. Él también lo hace.

Y la espera. Como si no hubiera hecho otra cosa toda su vida.

Cuando ha acabado él toma su brazo como si de un imán se tratase.

Caminan de vuelta a casa. Por pudor no me giro ni les sigo con la mirada, pero bien que me gustaría. Me han cautivado.

Han sido solo unos minutos lo que duró el observarles en la operación de recogida. Pero cuánto amor tenía esa mujer con ese niño-hombre.

Imagino que es una hermana que lo cuida a una edad ya madura, con la colaboración de su esposo. Quizás éste no esté tan implicado. Pero sabe de la importancia de lo que hace su mujer y lo alienta.

Los que he imaginado hermanos caminaron del brazo. Parecía que era su postura natural. Era una costumbre adquirida, un movimiento inconsciente, después de muchos años, quizás décadas, de irle guiando siempre. De irle asegurando el paso a su hermano, con dificultad para moverse u orientarse.

Era un engranaje perfecto. Brazo y brazo. Dos brazos de dos seres humanos. Uno, válido y activo, de una bella mujer en la madurez de su vida. Otro, el brazo de un “rechazado” por la misma sociedad hipócrita que ha ideado un GENOCIDIO silencioso, vergonzoso y oculto, para todos los síndromes de Down.

¡Por cuánto cambiaría esta mujer a su querido hermano! 

Percibí AMOR en estado puro. Me puse a llorar detrás de mis gafas de sol. Realmente, era el amor más tierno y hermoso que había visto desde hacía tiempo. 

Me llenó por completo este amor, hasta el punto de coger cuaderno y boli y empezar a escribir para que esa escena, al borde del mar de Cádiz, no pasara nunca.

Y aquí la quiero atrapar como una foto. La que nunca me atreví a hacerles.

Y pensé inevitablemente en la injusticia de tantos Downs aniquilados. Y en las leyes que lo permiten. Y en las madres sin luces que lo consienten. Y en los médicos asesinos que lo ejecutan. Y en las abuelas, padres, o amigas que lo animan. Que por supuesto, no merecen el nombre de médicos. Ni de abuelas. Ni de padres ni de amigas.

Una raza sentenciada a morir sin poder nacer si quiera. Una raza de ángeles que están destinados a llenar de amor este planeta.

En este día de María asunta al cielo, el cielo mismo me mandó un ángel para que yo escribiera esto. Lo noté. Lo percibí.

Era un hombre, sí. Con la trisomía 21 en sus genes. Pero era un ángel del cielo.

Quizás sin él, esa mujer, su hermana, ese matrimonio, nunca hubieran conocido el amor, no sabrían quizás lo que es el cielo…

…Y aquí sigo en la playa. Ya es tarde. Aquí, en el mismo sitio donde, hace un buen rato, un ángel estuvo y llenó mi corazón de amor.

No puedo irme. Su presencia continúa. Ojalá nunca olvide lo que sentí hoy, y Dios me permita, y me considere digno, de luchar lo que me quede de vida para que estos ángeles continúen en la tierra. 

Pedro A. Mejías Rguez.

Dedicado a mi amigo el Dr. Esteban Martín, ginecólogo, especialista en diagnóstico prenatal, primer ginecólogo español objetor al diag. prenat. con fines abortistas, que me animó a trabajar en Derechoavivir, lo cual siempre se lo agradeceré.

 

 

 

 

 

 

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3 comentarios en “UN ÁNGEL EN LA PLAYA

  1. Interesante artículo. Me hace recordar cuando nos propusieron hacerle una prueba de diagnóstico prenatal de mi hijo. Nos negamos porque dicha prueba entrañaba riesgos para el bebé y la madre, y también porque nos habíamos planteado recibir al niño viniera como viniera. Afortunadamente llegó sano.

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  2. Es un mensaje que eriza la piel, es un amor que no se compara a ningún otro, porque yo creo lo mismo, esos seres que para muchos no merecen la vida por contar con un gen más, ellos son la riqueza invaluable de quién tiene la valentía de aceptarlos en su vida y de disfrutar de todo cuanto pueden dar: sonrisas, abrazos, besos, por que cómo son cariñosos. Y algunos mi siquiera viven mucho, ángeles que pisan la tierra para dejar una estela del aroma de Dios.

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