VERÓNICA, CIRENEO Y DEFENSA DE LA VIDA: “Ante quien se vuelve el rostro”

Os presento aquí un artículo que escribí hace dos años, a petición de la Hermandad de la Misericordia de mi ciudad de San Fernando, para su boletín cuaresmal. Lo hice con mucho cariño y creo que expresa un poco esa relación íntima que tiene la Defensa de la Vida y la Pasión de Nuestro Señor, tema que por otra parte hemos puesto de manifiesto en el reciente Encuentro por la Vida de hace unos días, con la presencia de Ignacio Arsuaga en la Isla, y que titulamos “Cristo muere en cada abortorio: defensa de la vida en el panorama socio-político actual, español y europeo“. 

Espero que, de cualquier forma, sea del provecho de alguno en estos días del Tríduo Pascual. 

Esas son las tres imágenes que me vinieron de inmediato a la mente cuando me propusieron unas letras para la querida Hermandad de Misericordia.

Luego sería la imagen de cada jueves santo, el poder enseñar a mis hijos la majestuosidad de la debilidad. La grandeza de la humildad. La altura de la gran misericordia…

Ver pasar la majestuosidad serena de Cristo misericordioso, atendido en su dramático viaje al Gólgota, por una mujer y un extranjero, me sigue dejando como hipnotizado cada Semana Santa. Me consuela ver en este misterio de Pasión, que Cristo no hizo su camino solo. Le animó su madre, las santas mujeres, algún discípulo… El Cireneo alivió sus hombros. La Verónica enjugó el divino rostro. Y aunque después quiso el Padre dejar que experimentase la inmensa soledad (“¿porqué me has abandonado?”), el camino no lo hizo solo. Vivió, experimentó, lo que Él mismo era: Misericordia.

Pero creo que un cristiano debe siempre traducir a su vida y a su entorno cada palabra de Jesús. Y la palabra de Jesús nazareno con la cruz cargada, ayudado por Simón de Cirene, y también su encuentro con la mujer Verónica (la enseñanza-tradición apócrifa más famosa y venerada del cristianismo), es una palabra viva para mí hoy.

A mí me impresionó y gustó mucho la película “La Pasión”, de Mel Gibson. Se aproximaba a la realidad histórica de la Pasión de Nuestro Señor. Pero he aquí que esta realidad se cree que fue peor incluso, más cruel. Pues omite las burlas soeces hasta decir basta y los desechos humanos vertidos sobre el santo cuerpo de Jesús después de ser condenado por el Sanedrín, como era habitual en esos casos. Larga noche de escarnios.

Muchos aún no pueden ver esa película. La caminata hacia el Calvario no fue en un trono dorado, no. Fue un auténtico gusano humano arrastrándose a base de golpes y patadas. Una barbaridad. “Ante quien se vuelve el rostro”, como profetizó Isaías. Pocos ­llegaban vivos a la cruz.

Yo me pregunto: ¿dónde sufre hoy Jesús, dónde carga su cruz, dónde está dejando su vida hoy el Nazareno?

Hay una realidad silenciosa, un holocausto invisible y dramático. Una ejecución no tan perfumada de incienso como la de nuestros pasos. La realidad del aborto. El crimen callado. La aniquilación del indefenso. El mayor holocausto de la humanidad.

Si. Hoy se vuelve el rostro ante ese guiñapo de miembros, sangre, órganos, restos de un aborto por troceado. O ante ese cuerpecito de unos centímetros abrasado vivo, resto de un aborto por inyección salina. O esos cuerpos de niños decapitados para extraerlos por succión.

Es duro hablar de esto: lo se. Pero lo es tanto como de ese otro rostro hinchado de hematomas y acribillado a latigazos, maloliente de pus y sangre, de orín y carne rota, ese rostro que se reflejó milagrosamente en el paño de la mujer piadosa.

Porque hoy el sufrimiento de Cristo está en muchos sitios, pero sobre todo en los abortorios. Hoy Jesús sufre en el feto humano asesinado por médicos sin piedad, aprovechados de la desesperación, de la confusión o del engaño de jóvenes madres, , para llenar sus cuentas corrientes con dinero ensangrentado.

Sufre en las madres víctimas de su propio aborto. Con una amargura, latente o evidente, que les acompañará toda su vida. Y conocemos muchos casos. Una madre siempre es madre. De un hijo vivo o de un hijo muerto. Sufre incluso en muchos padres, bien condenados a no ver crecer a sus hijos, o bien atormentados por ser copartícipes o inductores del asesinato.

Y sufre la sociedad entera, al quebrarse en sus propias raíces, al romperse el principio que la sustenta: dar cobijo a sus hijos, crear un espacio adecuado para que éstos puedan vivir y desarrollarse…  Una sociedad que permite el aborto, como dice la M. Teresa de Calcuta, está enferma en su raíz. Nunca. Jamás, como diría con un grito Juan Pablo II allá por el año 82, en la primera legalización del aborto que hubo en España, se puede legitimar la muerte de un inocente.

Hoy de nuevo está en el tapete la ley del aborto. Unos la quieren modificar (y ya es un paso adelante, aunque insuficiente, toda ley que avance en la protección de la vida), otros la quieren mantener (el caso de la izquierda, radicalizada en este tema en una espiral de horror y de muerte), y otros la queremos derogar para siempre. Aborto Cero, ninguno. Toda vida, cada vida, tiene valor. Es sagrada. Ya sea una vida con discapacidad, o incluso producto de una violación.

¿Cuál es el papel de la Iglesia en este tema crucial de nuestro tiempo? Pues el de Verónica y Cireneo: defender la vida, enjugar el rostro sufriente de Cristo, llevar la cruz ante todo el público expectador.

Ese es tu papel y el mío, hermano de misericordia. Las hermandades están dando un paso, poco a poco, en la defensa de la vida. No puede ser de otra forma, y ya se ha empezado a ver en la última gran Marcha por la Vida de noviembre pasado en San Fernando, con presencia cofrade y apoyo institucional de algunas hermandades.

Ser Verónica. Ser Cireneo. La Verónica enjuga el sufrimiento, las lágrimas de Cristo, como hacen las asociaciones que ayudan a las madres que han abortado o están en riesgo de hacerlo. El Cireneo cargó públicamente con la vergüenza del madero, como es el caso de los que intentamos trabajar por la cultura de la vida, dando testimonio público de la causa provida, como Derecho A Vivir está haciendo en España y en otros países.

Es un tándem necesario. Ayuda a las madres y denuncia pública. Caridad y enseñanza. Esa es la labor de los cristianos metidos en la vida pública como nosotros, los que soñamos con que un día no existe el aborto como tal. Tal vez pasara lo mismo con la esclavitud en siglos pasados. Tal vez pasó igualmente con Verónica y Simón de Cirene por las calles de Jerusalén. ¿Quién les diría que iba a resucitar y a seguir para siempre, a ese hombre maltrecho que ahora ayudaban en la calle de la amargura?

Pero “algo” les llevó a Él. Eso mismo nos ha llevado a muchos, cerca de ti, a dar un paso por la vida, por el derecho a vivir de los niños no nacidos, en los cuales habita Cristo.

@Petrusquinta

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