VIAJE AL PARAÍSO (y 4). Don Pelayo, la batalla y los falsos pastores…

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“Este monte será la salvación de España. Nuestra esperanza es Cristo.”

Esto es lo que pone la leyenda escrita en ese “cinturón” de metal fundido que rodea el pedestal de Don Pelayo, en Covadonga. “Cinturón” que me recordó cuando lo vi, el cinturón que en la antigüedad, se ceñían los reyes a la altura del pecho.

Y esa leyenda es una frase atribuida al rey, y que aparece en la Crónicas de la batalla que se libró allí en el 722, escritas por Alfonso III poco después.

Pelayo, el primer rey de España, el que la salvó del imperio musulmán, tenía como esperanza a Cristo. Y con Él comenzó la Reconquista de toda España.

Tenía mucha ilusión pasar allí el día de mi cincuenta cumpleaños. Pues quería ponerme a los pies de la Virgen, de la Santina, y, como Pelayo, poner la batalla de mi vida bajo su manto.

Eso es lo que hice en el rato que pude pasar en la Santa Cueva, como ya os conté en otro artículo de esta serie sobre nuestro viaje-peregrinación. Fue un auténtico regalo. El mejor, junto con el cariño de mis hijos y mi mujer.

Los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía allí recibidos, llegaron a mi alma como agua fresca de la mañana. La Gracia que recibí fue alimento para mi espíritu y fuerza para mi ánimo.

La estatua impresionante del primer rey de España me emocionó, con la cruz de la Victoria detrás, símbolo de la fe y estandarte de Asturias.

Es un paradigma de la llamada que siento del mismo Dios: la batalla de la reconquista de una España en manos del enemigo. La lucha sin tregua para recuperar los valores y los principios que fundamentaron nuestra patria. Los principios y valores del cristianismo.

Y es un paradigma de lo que pasa hoy en el mundo. La batalla de David contra Goliat. Y la traición de muchos que han sucumbido a la seguridad, al poder, a las riquezas, a la seducción de un enemigo “amable”… ¡Falsos pastores!

En esta batalla, desde luego, no estamos solos. Yo al menos, voy a la estela de muchos, bastante más válidos, valientes, y mejores. Pero por encima de todo, me acompaña el Capitán de Israel, El Guía de nuestro pueblo. Nuestra Esperanza. Cristo, Rey del Universo. Y su bendita Madre la Virgen Inmaculada. La Santina de Covadonga, Santa María.

Con ellos no temo. Con ellos, se que la victoria es segura.

Pues bien, ese mismo día que acudí a la Cueva santa de Asturias, en agosto, me llegó a través de mi amiga Luisa Carrasco, de Málaga, este precioso artículo, de Mónica C. Ars, que no sólo cuenta con maravillosa sencillez la historia de la batalla que allí se libró, sino que la interpreta desde la fe –El valor de un solo hombre fue decisivo. Don Pelayo resistió y venció… gracias a su firmeza, recibimos la fe… He pedido a Dios que envíe más Pelayos al mundo… hombres fuertes en la fe, sin miedo a luchar por la Verdad; hombres que no se dobleguen ante el mundo y que no sucumban a falsos pastores-.

Yo no puedo añadir nada más. La suscribo y os la presento, queridos incondicionales que aún me leéis. Que la disfrutéis.

Y… Cualquier parecido con la realidad… ¡No es nada casual! ¡Es providencial!

LA FAMILIA Y DON PELAYO:

Las curvas sinuosas del paisaje de Cangas de Onís iban en sintonía con el relato:

— Don Pelayo se encontraba atrincherado en estas montañas, sabiendo que un ejército de más de ciento ochenta mil soldados musulmanes se aproximaba sin descanso. Frente a semejante amenaza, tan solo contaba con la ayuda de trescientos astures, indomables como él…

Papá se centra en la carretera para adelantar un coche y abandona la narración durante unos segundos.

— Papá, ¡sigue! — se queja el hijo mayor.

— Don Pelayo buscó refugio en la Cova Dominica, y el ejército musulmán envió al obispo Oppas a negociar con él.

— ¿A un obispo? — se escandaliza el pequeño.

— Si, a un obispo — le asegura el padre — . Don Oppas, que se había vendido a los musulmanes, tienta a nuestro héroe. Le hace ver que su lucha contra el Islam es imposible y que viviría lleno de riquezas si claudicaba frente a la Media Luna. Le promete una falsa paz con los caldeos; una vida cómoda, a cambio de su rendición.

— ¡Será cobarde! ¿Y qué hizo don Pelayo? — preguntó asustado.

— ¿Qué hizo don Pelayo?… Don Pelayo contestó: «¿No leíste en las Sagradas Escrituras — el padre mantenía una entonación solemne y pausada, saboreando las palabras — que la Iglesia del Señor llegará a ser como el grano de la mostaza y de nuevo crecerá por la misericordia de Dios?».

— ¡¡Toma ya!! — gritó el pequeño — . Don Pelayo se lo explicó al obispo, ¿a qué sí?

— El obispo, ante semejante verdad, no pudo sino reconocer que así estaba dicho, y se retiró a anunciar que los astures, esos «asnos salvajes», no se rendirían. Habría que luchar: ciento ochenta mil hombres contra trescientos… La media luna frente a la cruz. Era una batalla tan injusta que el desenlace parecía decidido.

La familia contempló las montañas de Covadonga a través de los cristales del coche. Nadie decía nada, pero todos imaginaban lo mismo: los estandartes, los tambores, el clamor de la batalla…

— Y ¿qué pasó? — apenas acertó a exhalar el pequeño, temeroso de recibir una respuesta no deseada.

Don Pelayo recibió del Cielo la visión del pendón perdido en la batalla de Guadalete, después, la propia Virgen le aseguró que la victoria sería suya. Don Pelayo tuvo fe y confió. Mandó confeccionar una cruz con unas ramas de roble y la mostró a su pequeño ejército. A partir de ahí, cuentan que las flechas y las ondas que los musulmanes lanzaban se volvían contra ellos. Los invasores, que no conocían el terreno, se vieron atrapados por las flechas cristianas y huyeron despavoridos.

— ¡Ganaron! — suspiró el hijo.

— Sí, ganaron — confirmo el padre — . El valor de un solo hombre, que no quiso claudicar su fe, fue decisivo. Don Pelayo resistió contra toda esperanza y venció. Gracias a él, se inició la Reconquista de España, y gracias a su firmeza y a la de otros hombres como él, recibimos la fe.

Justo en ese momento, el coche accede al santuario de Covadonga.

Aquí fue donde empezó todo.

Los hijos salen escopeteados del vehículo deseosos de contemplar el lugar de la batalla. Avanzan unos pasos y se encuentran con la estatua de don Pelayo que luce en el exterior del santuario.

— ¡Mira, papá! — exclama con admiración el hijo mayor — : ¡Don Pelayo!

El padre sonríe al ver la expresión de su hijo. Sabe que acaba de descubrirle un héroe que, a diferencia de los de película, existió de verdad. Tras unos instantes, entran en la iglesia. Allí, la familia ora ante el Sagrario.

— ¿Qué has pedido, papá? — pregunta el pequeño.

— He pedido a Dios que envíe más Pelayos al mundo. La Iglesia necesita Pelayos, hijo; hombres fuertes en la fe, sin miedo a luchar por la Verdad; hombres que no se dobleguen ante el mundo y que no sucumban a falsos pastores.

El hijo lo mira sin comprender. Es aún muy pequeño… Mientras, el padre medita sobre don Pelayo y se da cuenta de una cosa: la fe no es para pusilánimes. La Iglesia se construye sobre la fe de héroes, de mártires y de santos.

Dedica una última mirada agradecida a la regia estatua del héroe asturiano y agarra a su hijo de la mano para adentrarse juntos en la cueva de Covadonga. Es hora de visitar a la Virgen para pedir su intercesión; el mundo la necesita más que nunca.

Mónica C. Ars

Pues eso. Aquí empezó todo. Que lo sepan los falsos pastores…

Por cierto, de los falsos pastores escribiré D.M. dentro de poco…

@petrusquinta

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