VIAJE AL PARAÍSO, 1

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No suelo narrar aquí sucesos explícitos de mi vida privada. A pesar de haber puesto mi profesión de fe en entradas anteriores. Para eso, para contar curiosidades íntimas, ya hay otros blogs que lo hacen. Algunos con interés, otros a fuer de embelesar a los lectores para luego aburrirlos con personalismos hueros y ningún provecho formativo.

Es más, he llegado a detestar esas entradas de redes sociales que van contando en tiempo real cómo se levantan de la cama, desayunan, pasean el perro, atusan al gato, y hasta orinan sus respectivos autores.

Pero aún así, no puedo dejar de poner en esta especie de breve cuaderno de viaje, y compartir con vosotros -los incondicionales y pacientes mosqueteros que aún me leéis- mis experiencias de estos maravillosos días. Pues Dios nos ha regalado conocer un poco, pisar, una tierra maravillosa, salida de sus propias manos, pues dicen que Asturias es el Paraíso Natural…


Lo primero es decir que el don de la familia, de los hijos, me ha acompañado en estos días de peregrinar. Dios ha estado presente cada día. Y he querido ofrecer al Señor y a su Madre Santísima esta peregrinación familiar, que ha tenido lugar al cumplir estos días mi medio siglo de vida y también, hace ya unos meses, mis bodas de plata matrimoniales. Doble jubileo para mi, de acción de gracias al Dios de la vida, por todos los dones recibidos.

Durante el viaje de ida nos recreamos en la belleza de Cáceres y de Salamanca, donde la fe de nuestros antepasados se toca y se palpa. El conjunto monumental de Cáceres, su judería vieja, sus iglesias, sus calles y edificios señoriales, su plaza mayor. La luz del atardecer reflejada en la piedra milenaria… En Salamanca su universidad, la belleza renacentista de sus palacios, su imponente catedral, una de las más armoniosas que he visto. Y de nuevo el color de la piedra al atardecer… ¡Pero qué bonita es mi España! Y pensar que hay gente que quiere independizarse de esta joya de múltiples caras…

Realmente, todo esto me habla de la raíz profunda de fe que tenemos los españoles. De cómo desde Covadonga, se fue reconquistando de nuevo para Cristo, palmo a palmo, la península ibérica. Hispania. Que ya había sido bautizada tiempo atrás por el Apóstol Santiago.

Y llegamos así al Principado de Asturias, concejo de Piloña, aldea de Caperea.

Nos fuimos sumergiendo en otro mundo, distinto al habitual. Verde, húmedo, agreste, espeso, frondoso… Y no digo nada de la subida a “nuestra” aldea, donde nos esperaba una casa aún más solitaria que la propia aldea, en medio del monte, con la única compañía de unas yeguas asturconas que pastaban en el prado de al lado, y la visita ocasional de Guillermo, el casero, del que ya hablaré, o de algún vecino.

La subida era un camino empinadísimo y curvilíneo, casi imposible para mi furgoneta, que nos iba subiendo hasta arriba, donde todo es silencio, roto solo con el canto de pájaros de muy diversos tipos, los cencerros de las yeguas, y ahora con los juegos de mis hijos. Donde todo es armonía. Donde el encuentro con nosotros mismos y con Dios nos esperaba…

Caperea: no la busquéis en los mapas. No viene. Una aldea perdida. Apenas sin cobertura telefónica, gracias a Dios. Sin internet. Sin televisión, casi. Rodeados de árboles frutales, manzanos, higueras, avellanos, perales… que crecían muchos de ellos de forma silvestre, pero que nos brindaban sus frutos a nosotros, atónitos visitantes.

Y una cabaña de piedra solo para mi esposa y para mi, donde, aislados, incluso de los niños, que tenían otra, podíamos gozar de intimidad y sosiego.

Un auténtico regalo de Dios.

LLegamos el sábado 15, fiesta de la Asunción de María, que celebramos en la Eucaristía de la víspera, en Salamanca, en una vieja iglesia gótica preciosa.

El viaje fue estupendo y Guillermo, el casero, nos esperaba. Un señor de lo más agradable con el que hicimos muy buenas migas desde el primer momento.  Maestro retirado, nacido en la aldea. De vasta cultura. Conocedor de los valles de la comarca. Muy apreciado por todos, por lo que pudimos comprobar, y de un talante servicial formidable. De ideas recias, claras, forjado en el trabajo y en el amor a su tierra y a su familia.

Ese día, después de un paseo por el pueblo, descansamos estupendamente.

Decir que las nubes nos han acompañado desde que entramos en Asturias. Un cielo gris, con muchas tonalidades, que se funde con el verde oscuro de otras muchas tonalidades, de montañas, valles y prados. Y con el gris marino azulado del Cantábrico…

El domingo, aunque nos lo pensamos un poco por la posibilidad de lluvia, partimos para la capital del Principado, Oviedo, pues queríamos entrar en su catedral y pasear por sus calles. Comprobé que era una joya, tal como imaginaba. La belleza del gótico. Su altura y amplitud, dentro de la sencillez de sus formas. Y su precioso retablo.

No pudimos ese día visitar la Cámara Santa donde se venera el Santo Sudario, pero encontrarnos allí ya era suficiente. Un motivo para volver. Recorrimos en cambio todo el casco antiguo de de la hermosa Oviedo. Y después de comer, a Gijón.

Tengo que confesar que en un principio era reacio a ir hasta allí, pues no pensaba que Gijón albergara esa belleza, con la que me encontré de sopetón. La insistencia de mi mujer, y el hecho de que allí nos esperaba un amigo jesuita, Jose Manuel Peco,sj., que llevaba destinado varios años, me convencieron, ¡y menos mal!

Nuestro amigo sacerdote nos hizo un exhaustivo recorrido por la preciosa y coqueta Gijón. La playa, el monte de Santa Catalina (donde, lo que es la vida, nos encontramos a una familia amiga de San Fernando), desde el que se tienen unas vistas magníficas, el barrio antiguo con su plaza mayor… Y pasando por la basílica dedicada al Sdo. Corazón… Una belleza de ciudad.

Esa noche, después de despedirnos de Peco, nuestro buen amigo fiel, de toda la vida, que se volcó con nosotros, disfrutamos de una entrañable cena familiar en la cabaña de los niños -donde hacíamos la vida en común- bien apretados y defendiéndonos del frío que hacía afuera.

Seguiremos contando mañana cosas de este “viaje al paraíso”.

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3 comentarios en “VIAJE AL PARAÍSO, 1

  1. Que exagerado Pedro, me gusta enseñar la ciudad en la que vivo y trabajo y más cuando son grandes amigos los que tengo la suerte de poder acompañar, aunque sólo sea unas horas. Me alegra que disfrutaras de esta bonita tierra y te lleves un buen recuerdo en tus 50 años de vida y 25 de matrimonio, ya sabes no tardes otros 25 en visitarme, todavía te puedo enseñar más cosas de Gijón que seguro que gustarán.

    Un abrazo

    Jmpecosj.

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