“SYMBOLUM FIDEI”, y 3: CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

Santina

Termino este recordatorio de mi proclamación de fe a las puertas de iniciar una peregrinación familiar a Asturias, para visitar Covadonga y poner a los pies de la Virgen en su Santa Cueva, mi medio siglo de vida. Y la que el Padre quiera darme a partir de ahora, en su Misericordia.

La quiero vivir con ese espíritu de San Pelayo: recobrar para Cristo una nación vendida al poder del maligno. Dios me lo conceda.

Precisamente, el decir “Creo en la Santa Iglesia Católica…” cobra hoy una peculiar importancia, por los hechos ocurridos en mi diócesis, en mi localidad. 

Me refiero a la polémica del transexual. Y todo el revuelo mediático -a favor y en contra- que ha traído consigo.

Sobre este tema escribí hace unos días un artículo –“el culebrón de cada verano”– que tuvo ciertamente mucho debate y aún más persecución. Y con el que solo quería evidenciar la mala fe de ciertos medios que suelen acosar a la Iglesia en general y a mi obispo en particular.

Este artículo -remito a los mosqueteros a que lean los últimos comentarios al mismo– creo que ha servido para aclarar algunas cosas y anotar aportaciones muy valiosas al debate de la Ideología de género -el gran engaño de nuestro tiempo- según el Papa Benedicto.

Ciertamente, lanzar incienso al aire sirve de bien poco. Entrar en el areópago, en el “atrio de los gentiles“, para debatir a cuerpo descubierto, dando razones de nuestra fe, es otra actitud mucho más necesaria, aunque infinitamente más arriesgada.

Hoy estoy a la espera de una palabra del obispo al respecto. Es necesaria y se que no tardará. De momento, solo quiero decir que mi fe en la Iglesia, en el Espíritu Santo que la guía, en la Comunión de los Santos que la aglutina, y en un solo Bautismo para el perdón de los pecados, está por encima de ninguna duda. Y lo explico con hechos concretos de mi vida, no con teorías ni palabras bonitas, en este artículo.

Os dejo con el resumen -la tercera y última parte- de mi proclamación de fe que hice un día en la Iglesia, públicamente, bajo la inspiración del Espíritu Santo.

“…CREO EN EL ESPÍRITU SANTO. La Santa Iglesia católica…

…Porque el Espíritu Santo me ha puesto en la Iglesia, me ha hecho descubrirla en mi comunidad. En ella veo los milagros patentes que hace Dios con cada hermano.

Es obra del Espíritu Santo perseverar en la Iglesia a pesar de todas las persecuciones que he tenido.

También noto cómo me da paciencia con mi mujer, en tantas dificultades. Me impulsa a rezar cada día, a ver la importancia de la oración en mi vida. A tener criterios de fe para no entregarme al mundo sin discernimiento. Poco a poco me va formando.

Me ayuda en la educación de mis hijos y en decisiones importantes.

Así mismo me impulsó a predicar la Buena Noticia de Jesucristo por las casas de la parroquia. También a desprenderme y a dar limosna.

…En la Comunión de los santos.

Porque lo he experimentado en mi comunidad y amigos creyentes, cuando rezamos mutuamente unos por otros. Especialmente en el nacimiento de mi hijo Juan Pablo, en las crisis de mi matrimonio, y cada vez que tanto yo como cualquier hermano lo ha necesitado. Yo creo firmemente que mi matrimonio ha salido adelante por la fe de los que han rezado por nosotros.

También he visto la Comunión de los santos en las peregrinaciones, cuando tantos se unen en la misma fe, y en los diversos grupos y carismas de la Iglesia que he tenido la gracia de conocer. Así mismoen batallas que se están dando en defensa de la vida y de los principios de la fe. Es el Espíritu Santo el que claramente impulsa esta acción de los laicos en la vida pública, y del que yo tengo el don de participar.

Así también, siento la intercesión de mi padre y de mis seres queridos, desde el cielo, que me cuidan, y a los que puedo acudir. De hecho, he puesto en él muchos asuntos en los que he visto su acción intercesora.

…Creo en el perdón de los pecados.

Porque lo he experimentado. Me he sentido perdonado de mis muchos pecados, y al mismo tiempo he podido comprender al prójimo en pecado.

…Creo en la resurrección de la carne, y en la vida eterna.

Porque lo vivo sobre todo en las asambleas litúrgicas, en la Iglesia, como adelanto del cielo.

Siento la vida eterna en mí, porque no me muero por el pecado, sino que puedo levantarme de la caída una y otra vez. El pecado no me destruye.

Por todo esto que he ido contando aquí y otros muchos acontecimientos de mi vida en los que he visto la intervención de Dios, puedo proclamar solemnemente ante esta asamblea aquí reunida: CREO EN DIOS PADRE. CREO EN JESUCRISTO SU HIJO. CREO EN EL ESPÍRITU SANTO.

¡¡ AMÉN !!

Y en esta fe quiero morir.

Petrus quîntae

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