“SYMBOLUM FIDEI”,1: CREO EN DIOS PADRE

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Ayer, Fiesta de Santiago Patrón de España, tuve el impulso de hacer algo que venía barruntando desde hacía meses, y que creo que es hora de darle forma.

Más, si dentro de unas semanas cumplo si Dios quiere el medio siglo de vida, que Dios me regala.

Me refiero a poner aquí, por escrito, el testimonio público de fe que hice un día, hace varios años, en la Iglesia Mayor de San Pedro y San Pablo, de San Fernando, Cádiz, en el marco del itinerario neocatecumenal que existe en esa parroquia, lo mismo que en otras, y que es un modo estupendo de llegar a la madurez de la fe. 

Veo que el verano en general -y éste en particular, tan crispado político y socialmente- alguno lo malgasta en escribir, decir, o hacer tonterías varias. Para mí, ya que como digo, celebro la misericordia de Dios en mi vida durante medio siglo, y le doy gracias por ello, es tiempo de hacer balance.

Y lo primero es cantar bien alto el CREDO que me entregó mi madre la Iglesia. 

Esto que sigue aquí abajo es la transcripción -aproximada y muy resumida, lógicamente- de lo que proclamé un día, bajo la acción del Espíritu Santo y por mandato de la Iglesia, de lo cual nunca me he arrepentido lo más mínimo, y que quiero seguir proclamando hoy y siempre, hasta el fin de mis días. 

Decir que ya lo puse por escrito hace tiempo en el boletín parroquial de esa misma parroquia, pero quería traerlo a este blog.

Como digo abajo, “Lo hago no porque pueda interesar a nadie los detalles de una vida particular, sino por dar gloria a Dios en las veces que Él puede actuar en esa historia de vida” 

Se que en estos 50 años lo he dejado actuar muy poquito. Pero no quiero privarle de su gloria.

Espero que los amigos de este Diario de un mosquetero me disculpen y no se detengan mucho en mi mal ejemplo, sino en el inmenso amor que Dios ha tenido con esta perfecta máquina de pecar que es uno…

Lo pondré en tres “entregas”, en días varios, para no aburriros demasiado, y tal como fue publicado en el boletín. Ahí va la primera:

Dentro del itinerario de formación cristiana que ofrece nuestra parroquia, se proclama públicamente la fe en determinados momentos.

(…) Dejo por escrito casi literalmente y por partes, una proclamación de fe que tuvo lugar hace unos años. Lo hago no porque pueda interesar a nadie los detalles de una vida particular, sino por dar gloria a Dios en las  veces que Él puede actuar en esa historia de vida. Por tanto, (…) no la escribo yo. Lo hace un confesor de la fe, asistido por el Espíritu Santo.

“CREO EN DIOS PADRE TODOPODEROSO, CREADOR DEL CIELO Y LA TIERRA.

Creo en Dios Creador porque he estado en la alta montaña, donde se puede tocar la Creación sin intervención humana, un espectáculo fabuloso, por encima de las nubes, ver las águilas, los arroyos de agua pura… Veo a Dios Creador en el nacimiento de mis hijos, por cesárea, abriéndose paso la vida. Especialmente el cuarto, concebido milagrosamente durante un tratamiento de quimioterapia. Dios lo quiso. Mi mujer quedó embarazada de un niño que ha sido una auténtica bendición para nosotros.

Creo en Dios que me ama como Padre y conduce mi historia porque me ha cuidado siempre:

Mis padres me dieron una educación cristiana, en un colegio religioso, donde vi en los hermanos de La Salle y en los profesores laicos una coherencia de vida… Fui hijo único muchos años y eso me hacía creerme el centro de atención y fomentaba en mí la soberbia y el egoísmo.

En la prematura muerte de mi padre, siendo yo joven aún, me cuidó Dios. Me puso en esa época una novia, después mi mujer, que era la que yo iba a necesitar durante mi vida, según los planes de Dios. Ese noviazgo yo no lo respetaba y hacía mi voluntad, amándome a mí mismo.

También me cuidó poniéndome en un grupo juvenil de la Iglesia, los Montañeros de Santa María, en el que también me buscaba a mí mismo, pero que me puso una base de fe, y me puso a sacerdotes y amigos que me ayudaron bastante.

Más tarde me casé, buscando salir de mi casa, y vino un primer hijo. Entonces mi vida con mi esposa fue de mal en peor, cayendo en la ansiedad, queriendo siempre manipular a mi mujer y causándole mucho daño. En ese infierno, me vino el paro. Mi mujer se separó de mí.

Pero tampoco Dios me dejó: me puso ángeles, como el P. Alfonso Pérez Alcedo, y otros amigos, y también unos catequistas que me anunciaron el Amor de Dios en mi vida, que esa historia tenía sentido.

Dios entonces había abierto el mar para que yo pasase. Mi matrimonio se empezó a reconstruir. Yo, que había visto mi vida en un pozo oscuro, sin fondo, queriendo incluso acabar con mi vida, cruzaba ahora a pie enjuto por el mar. El muro había caído.

Después de esa nueva entrada en la Iglesia, vino un tiempo no exento de sufrimientos. Me dio Dios Padre tres hijos más -cuatro en total, y uno más en el cielo- que nos ayudan a mantenernos unidos a pesar de nuestras dificultades.

También Dios me regaló un cáncer, que me hizo sentirme débil. Yo, que siempre había sido un prepotente. De ese cáncer salió fortalecida mi fe. Me hizo ver allí que yo no estaba a salvo de la angustia. Pero no permitió que me hundiera, ni que de nuevo echara por la borda la obra de mi matrimonio”.

Si Dios quiere, continuará…

                                          Petrus quîntae

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