Frutas no, ¡filetes a la plancha!

Quiero contar brevemente lo que me ha pasado hace un rato.

Entro en el supermercado y el pobre de la puerta me aborda. Voy con prisa, intento evadirme, pero no me gusta “despachar” a la gente así. Le miro. No llevo dinero, pago con tarjeta. Pero insiste: solo quiere algo para comer.

Esta bien. “A la salida te daré algo de lo que compre“, le prometo. Y me dirijo directamente a coger algo para él. Veo unas bandejas de fruta, y me parece lo más cómodo para él, en ese momento. Cojo una muy apetecible.

Cuando salgo, me está esperando. Ya es bastante tarde. Y le doy tiendo la bandeja de fruta. Me dice: “¡Oh, no, no me gusta…!” — “¿¿Cómorrrr??” — “Le soy sincero: no me gusta, llévela a su familia“. 

Lo miro, sin ningún reproche, cojo la bandeja y me marcho.

Viene detrás mía. Muy educado. Y me dice, excusándose: “no piense mal. No se enfade. Es que no me gusta. De verdad. Le soy sincero. Prefiero unos filetes para hacerlos a la plancha.”

Está bien, le digo. Mañana será. Y nos despedimos amablemente.

Aquí, los incondicionales que aún me leen imaginarán que la moraleja está clara. Que vaya tela con los pobres que nos vienen a molestar en nuestras ciudades, que qué morro, que ya está bien con la caradura de esos que viven de la limosna, etc…

Pues no. No saco esa conclusión. Lo que pienso es… ¡Puñetas, también tiene derecho! ¿porqué no?

Probablemente, como era extranjero y no dominaba bien el castellano, no me quiso decir “no me gusta”, en el sentido de “no gustar” una comida. Sino más bien en el de “no lo prefiero”, pues “prefiero carne o algo que me pueda llevar a casa y calentarme allí… que no me he llevado nada caliente a la boca hoy, que estoy harto de bocadillos y manzanas, y plátanos… que también como proteínas, que me hacen falta, y que si la voy a vender, por una bandeja de carne me darán algo, pero por una de fruta no me darán nada…

Probablemente, todo eso quiso decirme.

Yo pienso que era el mismo Jesucristo, resucitado para mí. Que no es que necesitara de mi misericordia rácana de hombre pequeño, sino que me salía al encuentro esta tarde, como en Emaús, para decirme que me entregue más, que ame más, que unas migajas no valen. Que de más de mi. A todos.

En definitiva, era Él el que me daba de su Misericordia. De su Amor. En vísperas ya de la Fiesta de la Divina Misericordia. Qué bueno es el Señor. Me habla, me enseña, me anima, aun cuando actúo como un pagano.

Sí Señor. Mi prójimo tiene derecho a filetes de primera. ¡De retinto!

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4 comentarios en “Frutas no, ¡filetes a la plancha!

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