¿Han matado los “jalogüines” a La Isla de nuestra infancia? (1)

Solo os dejo aquí un maravilloso artículo, escrito con la calidad de un escritor consumado.

Es de mi referente bloguero, amigo, y como a él le gusta decirme, porque lo soy de verdad, hermano en Cristo. Me refiero a Jesús Rodríguez Arias, que describe, en un giro magnífico por elevación, a nuestra Isla de la infancia, pero habla en realidad de un problema latente: LA BANALIDAD DE NUESTRO TIEMPO: los Jalogüines, los aprendices de masones, los politiquillos y politiquillas de hoy, la falta de valores eternos…

Podéis leerlo seguidamente, o bien en en el blog SED VALIENTES, pinchando aquí:

EN LA ISLA DE MI INFANCIA… (Jesús Rguez. Arias)

Al final no voy hablar de “jalogüin” cuando casi todo está dicho y lo promotores de la idea la está anunciando a “bombo y platillo” como si esta fuera la panacea a todos los males que tiene mi bendita ciudad. Va a ser que vestirse de monstruo fantasmagórico fuera a reportar unos dividendos cuantiosos y que este rincón donde el enemigo francés no pudo poner sus botas no le importe verse invadido por garras que simulan la muerte, lo horrendo, lo cruento, lo sangriento. Es decir, de aquí a unas horas mi bendita Isla de León se va a convertir, por obra y gracia de unos cuantos, en lugar de muerte y miedo cuando siempre ha sido todo lo contrario porque San Fernando desde que yo tengo uso de razón, y ya van para algunos añitos, siempre ha sido una ciudad de luz, de sal, de vida.Y de mi vida, de mis recuerdos voy hablar. De ese San Fernando lleno de luz y orgulloso de ser lo que fue y que gracias a unos y otros está como está. Aunque ese es otro cantar y también otro contar…

Hoy, no sé por qué, será porque son más de las nueve de la noche y la oscuridad está cerrada, porque el otoño visualmente se ha hecho presente aunque tengamos temperaturas de verano tardío, porque tengo el corazón predispuesto a los recuerdos que se muestran cual pinceladas de un pasado que no podrá volver como los minutos de este precioso miércoles que está transcurriendo tampoco lo podrán hacer.
Os voy hablar de La Isla de mi infancia.
La Isla de mi infancia la recuerdo alegre, luminosa, viva aunque lloviera y el eterno gris de la lluvia inundara el celeste firmamento. La Isla de mi infancia la recuerdo orgullosa de su historia, de la Armada, de la que toma su origen, del Ejército con Camposoto. La Isla de mi infancia la recuerdo llena de risas de una chiquillería nada maliciosa que jugaba en la calle, se relacionaba jugando al fútbol, a las canicas, al coger… La Isla de mi infancia no había tantas cadenas de televisión ni falta que hacía pues entre el colegio, los deberes, jugar un rato con los amigos y compartir ratos con la Familia no había tiempo material para tanta programación televisiva y menos para internet que nos sonaba a las grandes computadoras del Súper Agente 86. Lo nuestro era más de Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, el TBO, el Llanero Solitario, Roberto Alcazar y Pedrín…
En la Isla de mi infancia en este tiempo, una vez celebrada la tradicional romería en El Cerro el día 23 de octubre, se olía a castañas asadas y en casas se hacían boniatos. Recuerdo a mi madre o mi tía, llamada por todos Tata, coger las manos de sus pequeñines, mi padre murió cuando yo tenía tan solo seis años, e irnos a ver el día de los “Tosantos” los puestos del Mercado cada cual más ingenioso, más ocurrente. Me sorprendía como un pollo podía ser disfrazado del personaje de turno y hacer una historia donde la sonrisa llevaba a la risa sin pedir permiso ni perdón.
En la Isla de mi infancia estos días se vivían intensamente pues nuestros mayores pasaban algunas horas en el cementerio arreglando los nichos de la Familia, amigos y hasta esa que estaba muy ajada porque no tenía a nadie que la cuidase y donde el 2 de noviembre, Día de los Difuntos, el camposanto era un auténtico vergel oliendo a flores e inundado de las plegarias de los familiares que lo llenaban por completo.
En la Isla de mi infancia se vivía al calor del verdadero hogar en auténtico sentido de la Familia que te enseñaba lo que es ser un hombre o mujer de bien en todos los sentidos. 
En la Isla de mi infancia la calle Real era esa impresionante arteria llena de vida donde los coches circulaban y las aceras siempre estaban llenas de gente porque así somos los cañaíllas, nos gustaba pasear por la que era la principal avenida de nuestra hermosa ciudad y no el engendro que ahora mismo tenemos y padecemos.
En la Isla de mi infancia a las seis o las siete de la tarde, después de hacer la tarea, me perdía por las callejuelas a las que conocía como la palma de mi mano y donde todos éramos una familia, todos nos conocíamos, todos nos protegíamos. Nosotros vivíamos justo al lado de la Iglesia Conventual del Carmen y siempre he considerado el Barrio que lleva por nombre el de la Patrona de la Ciudad y de la Armada y las callejuelas mi casa en la calle. Eusebio, Alfredo…, olores, sonidos y recuerdos de un pasado que sé que no volverá.
En la Isla de mi infancia la playa de Camposoto estaba muy lejos al igual que la de la Casería aunque algunas veces íbamos caminando por medio de las huertas que antaño te encontrabas a cada paso que dabas. En la Isla de mi infancia el Barrero era eso, el Barrero y el Observatorio de Marina emergía en medio del descampado y el parque era el parque y frente a él el economato de la marina.
En la Isla de mi infancia se vivía y se respiraba la fe con autenticidad, sin falsos artilugios, y las dos grandes pasiones eran sin lugar a dudas el Nazareno y la Virgen del Carmen. Estas dos imágenes absorbían por completo el corazón de todos los isleños fueran creyentes o no.
La Isla de mi infancia era cofrade, siempre lo ha sido, aunque no importaba tanto tal o cual bordado, ni había tantos intereses creados, tantos personalismos suicidas, tantos portadores de medallas o veneras por el solo hecho de serlo sino que se vivía la Hermandad desde chiquitito en el almacén donde se trabaja todos los días para darle mayor gloria a los Amantísimos Titulares y  por los hermanos de la Cofradía que se convertía en una pequeña-gran Familia. 
En la Isla de mi infancia el ser cofrade no te daba prestigio sino el honor de serlo.
En la Isla de mi infancia si querías comer unas buenas tortillitas de camarones podías hacerlo en cualquier sitio aunque siempre han tenido fama la de la famosa “Venta de Vargas” archiconocida que hasta una película existe con ese nombre con la inconmensurable Lola Flores como protagonista y donde el Camarón dio muestras de su genialidad. Restaurante de raza y solera pasado de generación en generación.
En la Isla de mi infancia el Carnaval no estaba muy extendido y era cosa de verdaderos entendidos aunque no os podéis imaginar el orgullo que sentíamos cuando alguna agrupación cantaba en el coliseo carnavalesco por antonomasia como es el Falla.
En la Isla de mi infancia la Feria estaba en el Parque y después pasaría a la Magdalena y era mucho más grande que ahora, con más casetas y seguro con más ambiente aunque del sano, del familiar, de la buena amistad o de las manos entrelazadas de los novios cuando caminaban por el Real.
En la Isla de mi infancia la política era en blanco y negro que iba convirtiéndose en color, como las imágenes de la televisión, de una democracia que empezaba a caminar, de políticos que engrandecían la misma por su carácter de servir al pueblo y sus conciudadanos, donde no se miraban tanto las siglas, ni la ideas, sino la forma de ayudar para que el progreso llegara a todos. La España democrática fue posible porque hubo políticos con verdadero sentido de Estado que dejaron aparcados sus “ismos” y se pusieron mano a la obra para conseguir un modelo de Nación modélica.
En la Isla de mi infancia se vivía desde la distancia el horror del terrorismo de ETA y GRAPO y la sinrazón de unos asesinos amparados por muchos y encubiertos por otros tantos de distinta calaña.
En la Isla de mi infancia existía el respeto, la educación, el saber estar porque lo aprendíamos de nuestros mayores desde que éramos chiquititos. 
En la Isla de mi infancia recuerdo pasear a un joven Ignacio Bustamante del brazo su esposa, a Pepe González Barba, José Carlos Fernández Moreno, Emilio Prieto Pagnas, Enrique Montiel Sánchez y tantos otros isleños que han engrandecido a esta tierra por donde han pisado.
En la Isla de mi infancia recuerdo con especial cariño a dos personas muy queridas por mis padres: Luis Berenguer y José María Pemán.
En la Isla de mi infancia no había “truco o trato”, ir vestidos de monstruos, reírse con la muerte y los muertos porque eso era impensable, porque había respeto, porque eran otros tiempos donde para sacar la ciudad adelante no hacía falta que se importaran fiestas de otros sitios y menos las americanadas estas que quieren imponernos, para mayor gloria del soberano “parné” a esos decirles que La Isla de León, nuestra bicentenaria San Fernando, no merece ese espejo, esa imagen para ser grande porque ya lo es antes de que muchos de los que se harán la foto y se pondrán la pertinente “medallita” incluso nacieran.
De la Isla de mi infancia tengo recuerdos imborrables los cuales algunos he querido exponer hoy aquí y otros me guardo en lo más recóndito de mi corazón para compartirlo, o no, cuando Dios disponga.
Recibid un fuerte abrazo y que Dios os bendiga.
Jesús Rodríguez Arias”
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